Entrada piloto. Explicando el sentido que tiene este blog

Por algo hay que empezar. Y esta entrada viene a ser eso mismo: el principio de todo. 100% personal (solo por esta vez).

Por Pablo Bonnet (diciembre 28, 2019)
Buick 8. Una novela perversa... y metafísica. | Fantástico Magazine © 2019

Perdonen que me ponga metafísico. En realidad, todo lo que van a leer en esta entrada no es relevante ni representa al cien por cien el espíritu de este blog, pero siempre es conveniente empezar con algún tipo de presentación antes de entrar de lleno en el asunto (y, bueno, también es que he creado todo esto para escribir lo que a mí me parece así que: “sorry not sorry”). Si les interesa un poco de chascarrillo personal, adelante, sigan leyendo esta entrada; si, por el contrario, prefieren disfrutar de fabulosas anécdotas, visiten directamente la primera entrega del interesante artículo que he escrito sobre la leyenda urbana del videojuego Polybius, muy entretenida y con la que estreno este blog.

Esto que sigue a continuación es lo más parecido a una carta del director que van a encontrar aquí. (Lo prometo)En fin, va a ser intenso. Así que allá vamos.

Me dispongo a contar una anécdota personal a priori insignificante, y desde luego totalmente accesoria, como más tarde podrán comprobar, para la finalidad de este texto.

Estando este verano en casa de mis padres, me topé con un libro que dejé a medio leer hace ya bastantes años. Dejar libros a mitad es una cosa que no acostumbro a hacer (nunca, jamás) y que, de hecho, detesto, por lo que se pueden también llegar a imaginar mi pasmo ante tal hallazgo. Dicha obra –sin duda se estarán preguntando de cuál se trata– no era ni más ni menos que una de las múltiples novelillas que Stephen King ha ido produciendo en serie a lo largo de su carrera como escritor y que solía yo leer siendo adolescente con bastante avidez. Ya que muchos habremos atravesado esta fase juvenil de fascinación en torno al “maestro del terror” de Maine, supongo que esto tampoco les parecerá sorprendente.

En fin, la novela en cuestión a la que me refiero, y que quedó a mitad durante algún verano de principios de los dosmiles, era concretamente From a Buick 8, maravilloso título que homenajea a una bonita canción de Bob Dylan, pero que, debido a extrañas manías de los expertos en mercadotecnia, en su edición patria pasaría a ser renombrada como Buick 8: un coche perverso, perdiendo con este pueril giro el simpático juego de palabras de la original. Mi edición, claro está, era la española. (Tampoco se crean que pretendo ir yo de otra cosa…).

Lo cierto es que llevaba años siendo perfectamente consciente de haber dejado aquello a mitad. Insisto en que me molesta mucho no terminar de leer lo que sea… Así que iba yo en aquel verano de reflexión –uno de esos que de vez en cuando se presentan en la vida—a acabar de una vez con aquel asunto, puede que con la esperanza de experimentar algún tipo de epifanía que solucionara de un plumazo mi angustia existencial (no ocurrió) o alguna otra movida new-age por el estilo de story motivacional de Instagram. Yo qué sé….

El caso es que no tardé más de veinte páginas en comprender rápidamente el porqué de mi abandono con respecto a aquella novela durante aquellos tiernos y púberes años. Y es que, a ver, para empezar la novela en cuestión es una historia de policías –con lo que detesto yo cualquier ficción de detectives, investigadores y demás agentes de la ley…–; y está, por otra parte, casi enteramente protagonizada por hombres, con un tratamiento de los escasos personajes femeninos que deja bastante que desear… Pero yo no había emprendido este viaje literario de nuevo para rendirme. A mi favor estaba que la historia trataba en ocasiones acerca un coche con poderes mágicos (que le da nombre al libro). Así que, apoyado en este hecho y en una especie de férrea determinación metafísica al fin logré terminarla de una vez por todas.

A continuación, paso a realizar una breve –brevísima– sinopsis del libro para que puedan ir comprendiendo lo que les quiero contar en estas líneas. (Ojo, se vienen spoilers).

A comienzos del siglo XXI, en una comisaría de Pensilvania, al acabar la jornada, el Sargento Jefe Sandy Dearborn comienza a relatar la rocambolesca historia de un coche misterioso, oculto en el garaje de la comisaría, a un cariacontecido agente novato que se encuentra investigando la trágica y reciente muerte de su padre, también policía, en un catastrófico accidente de tráfico mientras se encontraba de servicio. Más o menos este viene a ser el planteamiento de la novela. Y el nudo y el desenlace y la historia entera, en realidad. O sea, para que nos vayamos entendiendo, que las cuatrocientas páginas que dura el relato viene a ser esta charla de amigotes por fuera de la comisaría, sin más. Sin que ocurra absolutamente nada que haga avanzar la trama. (Había advertido ya de los spoilers).

En efecto, Buick 8 es una novela que lanza una premisa y no va más allá, quizás porque la novela entera es la premisa, simple y llanamente y así fue planteada de base (o también por aquello de que a King se le atraviesen con frecuencia los finales, ejem…). El libro es simplemente la “historia” de un joven y un adulto –al que se irán uniendo algunos compañeros más– sentados en un banco de fumadores junto al edificio de la comisaría hablando sobre un coche mientras el sol se oculta tras las montañas de Pensilvania… Bueno, y también, como he dicho, hay un coche mágico e inquietante en el sentido más lovecraftiano del término, pues es cierto que de él emergen todo tipo de horrores y criaturas de un extraño (y perverso) universo que no presenta encaje alguno con el nuestro y que, junto a algunos accidentes de tráfico que salpican el relato en forma de recuerdos, dan pie al autor a ser bastante escabroso y grotesco. Hay que ser un poco justos…

En todo caso, lo cierto es que la historia no tiene final y tampoco tiene principio. Los misterios sobre el omnipresente coche que le da nombre no encuentran explicación alguna y, tras alcanzar la última página es fácil llegar a la conclusión de que el prodigioso artefacto no es más que un gran McGuffin que en realidad sirve a Stephen King para transmitir aquello de que no todas las historias que se cuentan en la vida, ni siquiera su propia novela DE CUATROCIENTAS PÁGINAS, tienen por qué tener un final o una lógica satisfactoria. O también, que toda la repetitiva y pérfida trama de policías (que tampoco es, por otra parte, una historia de policías) con visos de horror cósmico no tiene un final determinado, simple y llanamente, porque a Stephen King no le dio en su momento la real gana. Así que de este modo acabé yo este verano. Buscaba epifanía y acabé siendo víctima de una inocentada. La historia de mi vida, para qué nos vamos a engañar… (¿He dicho ya que son casi cuatrocientas páginas?).

Pero de todo se puede sacar algo bueno (y esta es también es un poco la historia de mi vida, afortunadamente). Y es que realmente lo que King quería decir probablemente en este ejercicio de escritura es que nada en realidad tiene sentido. Ni el coche, ni las criaturas que de él emergían, ni leer una novela gigantesca sin final, ni buscar una revelación espiritual leyendo un libro aburrido…, ni cualquier cosa que aconteciera en la historia o fuera de ella PORQUE RESULTA QUE LA VIDA EN SÍ MISMA TAMPOCO ES QUE TENGA MUCHO SENTIDO y que en realidad no es más que una sucesión de escenarios y situaciones que no encuentran ningún nexo de unión entre ellos más que los que nosotros mismos tratamos de imponerle, como viene a suceder con todas las situaciones que se relatan en este libro. Esa es la gran verdad que me fue revelada leyendo la novela.

Lo cierto es que, al final, mientras escribo esta líneas puedo afirmar que sí que adoro haber leído Buick 8, pero a la vez puedo llegar a comprender fácilmente por qué mi yo adolescente lo despreciara tanto como para dejarlo de lado… Primero, porque de jóvenes nunca tenemos paciencia con nada y queremos que todo nos lo den hecho y pronto, y segundo, porque ¿cómo iba yo a encontrarle sentido alguno a la futilidad de la vida a mis trece años? Afortunadamente de ningún modo porque, de haberlo hecho, puede que hubiese terminado de alguna forma “muerta en la bañera”, que diría Cristina La Veneno. En cambio, ahora, con treinta… ¡ah!, eso es otra cosa…

Y llegados a este punto, y tal y como avisé al comienzo de este texto, ya les he contado yo a ustedes lo que me ha dado a mí la gana sin que nada de esto tenga que ver a priori con lo que en principio les venía a contar, tal y como ocurre también en mi novela veraniega de coches fantásticos… Recuerden que yo les venía a narrar el sentido que tenía para mí abrir un blog a estas alturas de la película, a comienzos de 2020, o el sentido del blog mismo, si nos queremos poner más profundos… Y, en cambio, he terminado hablándoles de cómo Stephen King escribe lo que le da la gana y de lo que aprendí leyendo una novela sin final este verano…  Pero sé que ustedes son de sobra inteligentes y tampoco puedo ser yo más obvio. Así que ahí queda eso para la reflexión… Quien quiera sentido, que lo encuentre; y quien busque epifanía, también. Nada de esto es una inocentada. Ya les digo yo que no.

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